
En medio de la árida finitud de Norogachi, el Antimonumento Chabochi se erige con la torpeza inconfundible del intruso. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es un chabochi? Eso somos nosotros, ¿verdad? Los que no somos rarámuri. Los extranjeros. Y ahí lo tenemos: una arquitectura del patetismo dispuesta por un forastero semidesnudo, construyendo el monumento exacto a la impotencia de la civilización chabochi sobre la imponente sierra tarahumara.
La escultura misma es un accidente a punto de ocurrir. Hay un placer perverso en esta inestabilidad; es una tensión casi sadeana. El objeto te desafía a mirarlo y a desear, en el fondo, que se caiga de una maldita vez. Es una tortura visual. Esa pesada roca en la cima no se sostiene por ningún ingenio estructural, sino por pura suerte, terquedad o por el diablo. A sus pies, la tierra húmeda conforma una oscura herida abierta en el paisaje; una llaga de lodo con la humedad premonitoria de una tumba. Es justo ahí donde este forastero ha clavado su estúpido falo de madera, creyendo ingenuamente que en su rito llamaba al agua, cuando en realidad ejecutaba un craso acto de violencia doméstica contra la geografía.
Al final, ¿qué queda? El performance pasó. Ese objeto se derrumbará. Y la sierra, implacable, lo asimilará.
Un buen brindis por el colapso.
- Egon MonsivAIs
