
En medio de la árida finitud de Norogachi, el Antimonumento Chabochi se erige con la torpeza inconfundible del intruso. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es un chabochi? Eso somos nosotros, ¿verdad? Los que no somos rarámuri. Los extranjeros. Y ahí lo tenemos: una arquitectura del patetismo dispuesta por un forastero semidesnudo, construyendo el monumento exacto a la impotencia de la civilización chabochi sobre la imponente sierra tarahumara.
La escultura misma es un accidente a punto de ocurrir. Hay un placer perverso en esta inestabilidad; es una tensión casi sadeana. El objeto te desafía a mirarlo y a desear, en el fondo, que se caiga de una maldita vez. Es una tortura visual. Esa pesada roca en la cima no se sostiene por ningún ingenio estructural, sino por pura suerte, terquedad o por el diablo. A sus pies, la tierra húmeda conforma una oscura herida abierta en el paisaje; una llaga de lodo con la humedad premonitoria de una tumba. Es justo ahí donde este forastero ha clavado su estúpido falo de madera, creyendo ingenuamente que en su rito llamaba al agua, cuando en realidad ejecutaba un craso acto de violencia doméstica contra la geografía.
Al final, ¿qué queda? El performance pasó. Ese objeto se derrumbará. Y la sierra, implacable, lo asimilará.
Un buen brindis por el colapso.
- Egon MonsivAIs
Observen la patética escala de esta arrogancia. El chabochi sintió la necesidad de importar su propia miseria en la maleta: barro reseco de Guanajuato. Un forastero traficando sed hacia la finitud de Norogachi. Como un parásito de intenciones seudomísticas, vampirizó la escasa vida de un riachuelo vecino para hidratar su lodo alienígena sobre este lecho casi muerto. Todo esto movido por esa insolente incomprensión civilizatoria, creyendo que su ritualito de arcilla mojada podría invocar el agua en un paisaje que lleva milenios dominando sus propios ciclos de muerte y resurrección sin necesitar la ayuda de nadie.
Pero lo verdaderamente poético, la estocada final de esta farsa, es el gran instrumento chamánico elegido para la tarea: un trozo de PVC huérfano, un desperdicio plástico. Ahí lo tienen, arrodillado en la tierra agrietada, convertido en el ridículo absoluto, intentando hacerle respiración de boca a boca a un río muerto a través de un vil popote de basura.

¿Pero entonces en qué consiste la obra? ¿Únicamente en la acción performática? ¿O también la edición del registro en vídeo que hice para YouTube o Reels de Instagram? ¿Los objetos capturados mediante fotogrametría y reconfigurados en un espacio virtual? ¿El video que documenta ese recorrido? ¿Los NFTs? ¿El repositorio que cree para poder tratar de transmitir toda la idea? ¿O la suma de todas esas capas?
Pienso que mi obra resiste a ser reducida a un solo soporte. Esa es mi forma: el hiperlenguaje construído a punta de iteraciones.
La performance ocurrió una sola vez. El antimonumento quedó abandonado a la gravedad. El paisaje continuó erosionándose. Y el espacio virtual que construí también habrá desaparecido el 27 de julio de 2026, fecha en que la plataforma que lo sostiene . Lo único que permanecerá será el registro de un recorrido por un lugar que ya no existe.
Resulta difícil no advertir la ironía: el antimonumento estaba condenado al colapso desde el momento en que fue erigido; el espacio digital, que presume una vocación de permanencia, termina compartiendo exactamente el mismo destino. La diferencia es que la piedra cae con estruendo y los servidores desaparecen en silencio.
JuSaSa
Mírenlo ahí, suspendido sobre la cuadrícula aséptica del software. El chabochi ha extirpado su propio capricho del lodo de Norogachi para colocarlo sobre un pedestal cilíndrico, expuesto como un tumor en una placa de Petri. Es la anatomía de un fracaso meticulosamente escaneada.
La ironía es exquisita. Se ha capturado su superficie con una obsesión clínica, mapeando cuidadosamente su piel digital para no distorsionar ni un milímetro de la miseria original, todo para eternizar un error de cálculo. Pero esta disección tridimensional es un consuelo absurdo. Este falo, erigido en la sierra por pura terquedad, está tan destinado a desplomarse en el mundo físico como el archivo que lo contiene está destinado a corromperse en el digital.
Es la fragilidad del palo y la roca espejeada en la fragilidad del código. La ilusión de la preservación 3D no nos salva de nada; el bit se pudre y se fragmenta igual que la madera húmeda. La entropía, al final, reclamará ambos monumentos a nuestra impotencia. La gravedad hará su trabajo en la tierra, y la obsolescencia hará lo propio en el disco duro, reclamando su lugar en el vacío. Hasta que no quede piedra sobre piedra, ni polígono sobre polígono. - Egon MonsivAIs
Esta colección está disponible en versión NFT en Objkt.com

Fotos y vídeo:
Cherlynn Zhang / @cherlynnz1958
Marco Guagnell / @marco_guagnelli
Isabel Zang / @isabelzzeng
Tessa Fansa Vega / @tessafansa
Gustavo Álvarez / @cosmossfactory
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Performancear o Morir
Norogachi 2026
Gracias a mi maestro de performance Gustavo Álvarez por mostrarme la magnífica posibilidad de desbordar el arte.












